Ibrahim Ibn Jakub era un viajero toledano que en el siglo X hizo durante varios años una gran gira comercial y diplomática al imperio germano y a los países eslavos adyacentes. A su vuelta escribió un amplio informe sobre un país que le llamo especialmente la atención, Polonia. Se trata de la primera prueba escrita sobre la presencia judía en este país, que habría de albergar la colonia judía más numerosa del mundo durante siglos y que mil años después del viaje del ilustre toledano desaparece para siempre, convertida en humo en la gran hoguera del fanatismo racista y del crimen industrial perfeccionado que eran los hornos crematorios de Auschwitz. Escribir sobre la cultura judía en el Este es siempre un ejercicio de melancolía y de luto.
Quien haya visitado los cementerios judíos de Praga, Varsovia, Vilnius, Wroclaw y Bucarest, las sinagogas de Budapest, Bucarest y Sofia, la pequeña comunidad sefardí que aun se aferraba en 1992 a ese su nuevo Toledo que fue Sarajevo en los últimos cinco siglos, ha recorrido los restos de un mundo naufragado cuya infinita agonía y muerte no solo puso fin a su existencia, sino que hizo de Europa un continente más pobre, más seco, más triste y más culpable.
Y, sin embargo, sin los judíos del Este el judaísmo no seria lo que es, pero ante todo, Europa carecería de muchos de los dones por los que puede sentirse orgullosa. La cultura judía en Polonia, Ucrania, Hungria, Bohemia, Silesia, Transilvania y los Balcanes tuvo tal riqueza, dinamismo y profundidad que no es extraño que despertara envidias en los pueblos de la región. Las actividades económicas y comerciales de las comunidades judías eran de tal constancia, creatividad y laboriosidad que tenían que levantar odios. Principal origen de este resentimiento, que a lo largo de los siglos siempre volvió a recurrir al crimen y al pogromo, eran los prestamos que aquel embrión de sistema bancario, dirigido por judíos, había instituido en toda la región y que dio pie al mito del judío usurero, tan extendido también en España.
Dando por hecho que parte de los banqueros podían abusar de sus clientes, parece claro que este bulo tan interesado era lanzado por los acreedores para no satisfacer sus pagos pendientes. Los cosacos- autores de algunos de los peores pogromos contra los judíos en la Rusia zarista- no tenían en principio nada contra los judíos. Pero sus jefes se endeudaban con ellos y después era mas fácil y mas barato matarlos alegando cualquier pretexto que pagarles.
Estas acciones vandálicas se produjeron tanto en Polonia, Bohemia y Ucrania como en España. Quien no ha oído la expresión “menuda judiada” para dar mayor énfasis a la condena de una trampa o acción censurable. En realidad, los judíos trabajaban en el Este en un sinfín de labores artesanales, comerciales y agrícolas. Su diligencia y laboriosidad fue motivo para que, igual que los alemanes, fueran llamados por príncipes, reyes y nobles para colaborar en el desarrollo de sus tierras pese a la resistencia del pueblo cristiano, que temía su dura competencia, y de la iglesia católica, principal agitadora por razones tanto dogmáticas como económicas.
La razón principal de la pujanza cultural de los judíos en el Este fue su sistema escolar, fiel a las tradiciones educativas pero dotado ademas de una organización en sus comunidades, sobre todo en Polonia, que hacia de las Schtetel (aldeas de población exclusivamente judía) y de los barrios judíos en las ciudades, autenticas canteras de formación, sabiduría e inquietud espiritual. Todo estaba subordinado a la educación. El judío mas rico del pueblo se sentía honrado si su hija podía casarse con un estudioso del Talmud, con un rabino sin mas propiedad que sus ojos para leer. Las comunidades judías pagaban un impuesto especial para financiar sus colegios, elegir sus profesores y permitir a los judíos pobres acceder a “la cultura del libro”.
La inquietud y capacidad de discernir que mostraban los judíos no era esa superioridad congénita que muchos gentiles (no judíos) adivinaban y que alimentaba su antisemitismo, sino la forma especifica de acceder al conocimiento. Mientras la educación católica ponía el énfasis en la doctrina, en obedecer y no preguntar, la educación en el Cheder (colegio) se basaba en la pregunta. El alumno más brillante era aquel que mejor preguntaba y que sabia explicar y analizar las diferencias y matices existentes entre las diversas respuestas posibles.
Enumerar aquí los productos de aquella sociedad rígida, pero por lo general armónica, es imposible. Tan solo recordar al genio de la literatura rabínica Moisés Isserles (1520-1572), al polemista Maimónides, al leones Moisés Baal Semto, cuyos libros solo recibían para leer en las escuelas del Talmud en Polonia los primeros de la clase, y a Isaak Leib Perez, descendiente de judios españoles y figura cumbre de la literatura en yiddish, la lengua coloquial de los judíos en Europa oriental, una deformación del alemán con considerable inclusión del vocabulario hebreo. Isaak Bashevis Singer, premio Nobel de literatura y uno de los testigos de aquel mundo, también escribió gran parte de sus obras en yiddish. Él, con el Mago de Lublín y En la corte de mi padre, y Manes Sperber y Elias Canetti, con sus largas y deliciosas memorias, son los grandes cronistas de aquel mundo desaparecido.
De aquella fuente de ingenio que solo seco la muerte salieron Franz Kafka, Joseph Roth, Robert Musil y Max Brod, el maestro de periodistas Egon Erwin Kisch y el violinista Yehudi Menuhin, el pianista Horowitz y el compositor Mahler, escritores como Stefan Zweig, el genial Billy Wilder y el trágico Paul Celan, centenares de hombres y mujeres que marcaron el desarrollo de las artes y el pensamiento en nuestro siglo como ninguna otra comunidad del mundo. El alma judía se volcaba desde el este europeo, a través de Viena, hacia el mundo nuevo, que admiraría a estos virtuosos del ingenio sin saber siquiera que surgían de otro mundo, hundido ya en las tinieblas del tiempo, desaparecido ante la indiferencia y la ignorancia de aquellos que posteriormente tratarían de adoptar, de creer suyos, a estos grandes hombres sin saber que pertenecían a una casta ya trágicamente extinta antes de que ellos desaparecieran.
Directores de cine y de orquesta, productores y editores, escritores y poetas, periodistas y filósofos, todos ellos salieron de aquel mundo, en su mayor parte muy pobre materialmente, pero con la riqueza inmensa que el culto a la formación y el trabajo, a la tradición y a la historia son capaces de despertar en el hombre. Esta cultura fue exterminada por el nazismo, la mas criminal de las ideologías utópicas que han devastado este continente durante en siglo pasado.
Los últimos supervivientes de aquel naufragio histórico viven dispersados en California, Jerusalén o Londres. Muchos de los jóvenes judíos que emigraron antes de la catástrofe, contagiados por los nacionalismos militantes y radicales que surgían en la región, formaron el núcleo duro del sionismo izquierdista, la negación radical de la forma de vida de sus mayores, y acabaron en Palestina. Roto en mil pedazos su entorno de siglos, adoptaron las mismas debilidades y fobias de otros pueblos menos respetuosos hacia su propio legado y el afán de conocimientos.
Las minusculas colonias judias que subsisten en el Este ya no son sino pequeños cobertizos que guardan la memoria de lo que fue un palacio del saber, del querer y del sentir. Es aquel un mundo muerto por el odio y la barbarie cuando hoy toda Europa esta tan necesitada de ese magnifico factor de cohesion, de sus consejos, servicios y guia para acceder a un desarrollo más culto, más prural y menos fanatico, en el que, como decian los rabinos en las Shtetel a sus jovenes alumnos, “la pregunta, las interrogantes, los matices y la duda, eso es lo importante”. Los judios del Este ya solo existen como el siempre recurrente pretexto para el odio auspiciado por los nacionalismos que, por definicion, son antisemitas, por que “la duda, los matices y las preguntas” son precisamente lo que buscan combatir, su mayor enemigo.
AUTOR: HERMANN TERTSCH (LA VENGANZA DE LA HISTORIA)